viernes, 21 de marzo de 2008

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA 18a JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

3 de junio de 1984

Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo:
1. Esta Jornada anual que quiso el Concilio Vaticano II para "vigorizar con creciente eficacia el multiforme apostolado de la Iglesia en materia de medios de comunicación social" (Inter mirifica, 18), es la XVIII y tiene por objeto educar cada vez mejor a los fieles respecto de sus deberes en un sector tan importante. En esta ocasión deseo en primer lugar exhortar a cada uno de vosotros a uniros a mí en la oración para que el mundo de la comunicación social, con sus operadores y la multitud de quienes la reciben, desempeñe fielmente su función al servicio de la verdad, libertad y promoción de todo el hombre en todos los hombres.
El tema elegido para esta XVIII Jornada es de gran relieve: Las comunicaciones sociales, instrumento de encuentro entre fe y cultura. Cultura, fe y comunicación son tres realidades con una relación entre sí de la que dependen el presente y el futuro de nuestra civilización llamada a expresarse con plenitud creciente en su dimensión planetaria.
2. Según he dicho ya (cf. Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980), la cultura es un modo específico de existir y ser del hombre. Dentro de cada comunidad crea un conjunto de vínculos entre las personas que determinan el carácter interhumano y social de la existencia humana. Sujeto y artífice de la cultura es el hombre y éste se expresa en ella, y en ella alcanza su equilibrio.
La fe es el encuentro entre Dios y el hombre, a Dios que revela y realiza en la historia su plan de salvación, responde el hombre con la fe, acogiendo y haciendo suyo este designio y orientando su vida hacia este mensaje (cf.Rom 10, 9; 2 Cor 4, 13): la fe es un don de Dios al que debe responder la decisión del hombre.
Pero si la cultura es el camino específicamente humano para llegar cada vez más al ser y si, por otra parte, el hombre se abre en la fe al conocimiento del Ser Supremo, a cuya imagen y semejanza ha sido creado (cf. Gén 1, 26), no hay quien no capte la relación profunda existente entre una y otra experiencia humana. Así se comprende por qué el Concilio Vaticano II ha querido destacar "los estímulos y ayudas excelentes" que el misterio de la fe cristiana ofrece al hombre para que cumpla con mayor empeño el deber de construir un mundo más humano, es decir, un mundo que responda a su "vocación integral" (cf. Gaudium et spes, 57).
Más aún, la cultura es de por si comunicación no sólo y no tanto del hombre con el ambiente que está llamado a señorear (cf. Gén 2, 19-20), cuanto del hombre con los demás hombres. En efecto la cultura es una dimensión relacional y social de la existencia humana; iluminada por la fe, expresa asimismo la comunicación plena del hombre con Dios en Cristo y, al contacto con las verdades reveladas por Dios, encuentra más fácilmente el fundamento de las verdades humanas que promueven el bien común.
3. Por tanto, la fe y la cultura están llamadas a encontrarse y a inter-actuar precisamente en el terreno de la comunicación: la realización concreta del encuentro y de la interacción, y de su intensidad y eficacia, en gran medida dependen de la idoneidad de los instrumentos empleados en la comunicación. La prensa, cine, teatro, radio y televisión, con la evolución experimentada por cada uno de estos medios a lo largo de la historia, no siempre han resultado adecuados para el encuentro entre fe y cultura. En especial la cultura de nuestro tiempo parece dominada y plasmada por medios de comunicación novísimos y potentes -la radio y sobre todo la televisión-, hasta el punto de que a veces parecen imponerse como fines y no como simples medios, incluso por las características de organización y estructura que requieren.
Sin embargo, este aspecto de los mass-media modernos no debe hacernos olvidar que se trata siempre de comunicación y que ésta es por naturaleza siempre comunicación de algo; por tanto, el contenido de la comunicación es determinante siempre, hasta el punto de cualificar la misma comunicación. Así, pues, sobre los contenidos hay que apelar siempre al sentido de responsabilidad de los comunicadores y al sentido crítico de quienes reciben la comunicación.
4. Ciertos aspectos decepcionantes del uso de los mass-media modernos, no deben llevarnos a olvidar que con sus contenidos pueden llegar a ser maravillosos instrumentos de difusión del Evangelio, adaptados a los tiempos y capaces de alcanzar los extremos más recónditos de la tierra. Y en especial pueden prestar gran ayuda en la catequesis, como he recordado en la Exhortación Apostólica Catechesi tradendae (n. 46).
Sean, pues, conscientes de su alta misión cuantos utilizan los medios de comunicación social en la evangelización, pues contribuyen a construir un tejido cultural en el que el hombre se hace más hombre al adquirir conciencia de su relación con Dios; tengan la competencia profesional debida y sientan la responsabilidad de transmitir el mensaje evangélico con toda su pureza e integridad, sin confundir la doctrina divina con las opiniones de los hombres. Porque los mass-media siempre responden a una determinada concepción del hombre, tanto cuando se ocupan de la actualidad informativa, como cuando afrontan temas propiamente culturales o se emplean con fines de expresión artística o de entretenimiento; y se los evalúa según sea acertada y completa esta concepción.
Al llegar a este punto, mi llamamiento se hace urgente y se dirige a todos los operadores de la comunicación social de cualquier latitud y religión.

Operadores de la comunicación social:
No deis una imagen del hombre mutilada, tergiversada o cerrada a los auténticos valores humanos.
Conceded espacio a lo trascendente, que hace al hombre más hombre.
No ridiculicéis los valores religiosos, no los ignoréis, no los interpretéis según esquemas ideológicos.
Esté inspirada siempre vuestra información en criterios de verdad y justicia, y sentid el deber de rectificar y reparar cuando caigáis en algún error.
No corrompáis a la sociedad y menos aún a los jóvenes con la representación regodeada e insistente del mal, la violencia o la depravación moral, pues así hay manipulación ideológica y siembra de divisiones.
Sabed todos los operadores de los mass-media que vuestros mensajes llegan a la masa, que lo es por el número de sus componentes; pero cada uno de ellos es hombre, persona concreta e irrepetible, a quien se ha de reconocer y respetar como tal. ¡Ay de quien escandalice, sobre todo a los más pequeños! (cf. Mt 18. 6).
En una palabra, empeñaos en promover una cultura verdaderamente a la medida del hombre, conscientes de que actuando así facilitaréis el encuentro con la fe, de la que nadie debe tener miedo.
5. Un examen realista lleva, por desgracia, a reconocer que en nuestro tiempo se usan las inmensas potencialidades de los mass-media contra el hombre y que la cultura dominante desatiende el encuentro con la fe, tanto en los países donde está permitida la libre circulación de las ideas como donde la libertad de expresión se confunde con el desenfreno irresponsable. Es deber de todos sanear la comunicación social y enderezarla de nuevo a sus nobles objetivos; aténganse los comunicadores a las reglas de una ética profesional correcta, desempeñen los críticos su útil acción clarificadora ayudando a formar la conciencia crítica de los receptores de la comunicación, sepan éstos seleccionar con talento y prudencia libros, periódicos, espectáculos cinematográficos y teatrales y programas televisivos, para que les ayuden a crecer y no a pervertirse, y también, a través de formas asociativas convenientes hagan oír su voz ante los operadores de la comunicación para que ésta respete siempre la dignidad del hombre y de sus derechos inalienables. Y recuerdo, con palabras del Concilio Vaticano II, que "la misma autoridad pública que legítimamente se ocupa de la salud de los ciudadanos, está obligada a procurar justa y celosamente mediante la promulgación y diligente ejecución de las leyes, que no se sigan graves daños a la moralidad pública y al progreso de la sociedad por el uso depravado de estos medios de comunicación" (Inter mirifica, 12).
6. En efecto, como hay un hombre comunicador al comienzo de la comunicación y un hombre receptor al final de ésta, los instrumentos de comunicación social facilitarán el encuentro entre fe y cultura si favorecen el encuentro entre las personas, a fin de que no se forme una masa de individuos aislados en la que cada uno dialogue con la página, el escenario y la grande o pequeña pantalla, sino una comunidad de personas conscientes de la importancia del encuentro con la fe y la cultura, y decididas a llevarlo a cabo por medio del contacto personal en la familia, en el lugar de trabajo y en las relaciones sociales. Cultura y fe que encuentran en los mass-media ayudas directas o indirectas útiles y hasta indispensables, circulan en el diálogo entre padres e hijos, se enriquecen con la obra de maestros y educadores y crecen con la acción pastoral directa hasta el encuentro personal con Cristo presente en la Iglesia y en sus sacramentos.
Por intercesión de María Santísima pido para los operadores de la comunicación y para la inmensa comunidad de receptores, los favores celestiales de los que es propiciadora mi bendición apostólica, con el fin de que cada uno según su misión se empeñe en que las comunicaciones sociales sean instrumentos cada vez más eficaces de encuentro entre fe y cultura.

Vaticano 24 de mayo de 1984, VI año de mi pontificado.

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA17a JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES


15 de mayo de 1983


Queridísimos hermanos y hermanas en Cristo:
1. La promoción de la paz: éste es el tema que la Jornada mundial de las Comunicaciones Sociales propone este año a vuestra reflexión. Tema de extrema importancia y de palpitante actualidad.
En un mundo que, gracias al progreso espectacular y a la rápida expansión de los mass-media, se está volviendo cada vez más interdependiente, la comunicación y la información representan hoy un poder que puede servir eficazmente a la causa noble y grande de la paz, pero puede agravar también las tensiones y favorecer nuevas formas de injusticia y de violación de los derechos humanos.
Plenamente consciente del papel de los operadores de la comunicación social, en mi reciente Mensaje para la Jornada mundial de la Paz (1 de enero de 1983), que tenía como tema: "El diálogo por la paz, un desafío para nuestro tiempo", he creído necesario dirigir una especial llamada a cuantos trabajan en los mass-media para animarles a sopesar su responsabilidad y a poner de relieve con la mayor objetividad los derechos, los problemas y las mentalidades de cada una de las partes a fin de promover la comprensión y el diálogo entre los grupos, los países y las civilizaciones (cf. núm. 2).


¿De qué modo la comunicación social podrá promover la paz?
Garantizar un uso recto, justo y constructivo de la información
2. Ante todo mediante la realización, en el plano institucional, de un orden de la comunicación que garantice un recto uso, justo y constructivo, de la información, removiendo atropellos, abusos y discriminaciones fundadas sobre el poder político, económico e ideológico. No se trata aquí en primer lugar de pensar en nuevas aplicaciones tecnológicas, sino más bien de repensar los principios fundamentales y las finalidades que han de presidir la comunicación social, en un mundo que ha pasado a ser como una sola familia y en el cual el legítimo pluralismo ha de quedar asegurado sobre una base común de consenso en torno a los valores esenciales de la convivencia humana. A este fin se exige una sabia maduración de la conciencia, tanto para los operadores de la comunicación como para los receptores, y se hacen necesarias opciones certeras, justas y valientes por parte de los poderes públicos, de la sociedad y de las instituciones internacionales. Un recto orden de la comunicación social y una equitativa participación en sus beneficios, dentro del pleno respeto de los derechos de todos, crean un ambiente y condiciones favorables para un diálogo mutuamente enriquecedor entre los ciudadanos, los pueblos y las diversas culturas, mientras las injusticias y los desórdenes en este sector favorecen situaciones conflictivas. Así, la información parcial, arbitrariamente impuesta desde arriba o por las leyes de mercado de la publicidad, la concentración monopolística, las manipulaciones de cualquier género, no sólo son atentados al recto orden de la comunicación social, sino que terminan también por dañar los derechos a la información responsable y poner en peligro la paz.


Promover los valores de un humanismo integral
3. La comunicación, en segundo lugar, promueve la paz cuando en sus contenidos educa constructivamente al espíritu de paz. La información, en realidad, no es nunca neutra, sino que responde siempre, al menos implícitamente y en las intenciones, a opciones de fondo. Un nexo íntimo vincula la comunicación y la educación a los valores. Unos hábiles subrayados o frases forzadas, así como unos silencios bien dosificados, revisten en la comunicación un profundo significado. Por lo tanto, las formas y modos con los que se presentan situaciones y problemas tales como el desarrollo, los derechos humanos, las relaciones entre los pueblos, los conflictos ideológicos, sociales y políticos, las reivindicaciones nacionales, la carrera de armamentos, por citar sólo algunos ejemplos, influyen directa o indirectamente en la formación de la opinión pública y en la creación de mentalidades orientadas en el sentido de la paz o, por el contrario, abiertas hacia soluciones de fuerza.
La comunicación social, si quiere ser instrumento de paz, deberá superar las consideraciones unilaterales y parciales, removiendo prejuicios y creando, en cambio, un espíritu de comprensión y de recíproca solidaridad. La aceptación leal de la lógica de la convivencia pacífica en la diversidad exige la constante aplicación del método del diálogo. Y éste, reconociendo el derecho a la existencia y a la expresión de todas las partes, afirma el deber de que se integren unas con otras, a fin de conseguir ese bien superior que es la paz, al cual se contrapone hoy, como dramática alternativa, la amenaza de la destrucción atómica de la civilización humana.
Como consecuencia, hoy se hace todavía más necesario y urgente proponer los valores de un humanismo integral, fundado en el reconocimiento de la verdadera dignidad y de los derechos del hombre, abierto a la solidaridad cultural, social y económica entre personas, grupos y naciones, con la conciencia de que una misma vocación agrupa a toda la humanidad.
4. La comunicación social, en fin, promueve la paz si los profesionales de la información son operadores de paz.
La peculiar responsabilidad y las insustituibles tareas que los comunicadores tienen en orden a la paz se deducen de la consideración sobre la capacidad y el poder que éstos poseen de influir, quizás de manera decisiva, en la opinión pública, e incluso en los mismos gobernantes.
Habrá ciertamente que asegurar a los operadores de la comunicación social, para el ejercicio de sus importantes funciones, unos derechos fundamentales tales como el acceso a las fuentes de información y la facultad de presentar los hechos de manera objetiva.
Favorecer el consenso y el diálogo, reforzar la comprensión y la solidaridad
Pero, por otra parte, es también necesario que los operadores de la comunicación transciendan los dictados de una ética concebida en clave meramente individualista y, sobre todo, que no se dejen poner al servicio de los grupos de poder, visibles u ocultos. En cambio, han de tener presente que, más allá y por encima de las responsabilidades contractuales en relación con los órganos de información y de las responsabilidades legales, tienen también unos deberes precisos hacia la verdad, hacia el público y hacia el bien común de la sociedad.
Los comunicadores sociales prestarán una ayuda magnífica a la causa de la paz si en el ejercicio de su tarea, que es una verdadera misión, saben promover la información serena e imparcial, favorecer el entendimiento y el diálogo, reforzar la comprensión y la solidaridad.
A vosotros confío, queridísimos hermanos y hermanas, estas consideraciones precisamente en el comienzo del Año Santo extraordinario, con el cual vamos a celebrar el 1950 aniversario de la redención del hombre, obrada por Cristo Jesús, "Príncipe de la paz" (cf. Is 9, 6), Aquel que es "nuestra paz" y ha venido a "anunciar la paz" (cf. Ef 2, 14. 17).
Mientras invoco sobre vosotros y sobre los operadores de la comunicación social el don divino de la paz, que es "fruto del Espíritu" (cf. Gál 5, 22), imparto cordialmente mi bendición apostólica.


Vaticano, 25 de marzo de 1983, V año de mi pontificado.

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA 16a JORNADA MUNDIAL PARA LAS COMUNCIACIONES SOCIALES

10 de Mayo de 1982


Queridísimos hermanos y hermanas en Cristo:
Hace ya dieciséis años que la Iglesia católica celebra una "Jornada" especial, en la cual los fieles son invitados a reflexionar acerca de sus deberes de oración y compromiso personal en el importante sector de las comunicaciones sociales, respondiendo con ello a una precisa indicación conciliar (cf. Inter mirifica, 18); y cada año se asigna a dicha Jornada un tema específico, hacia el cual se invita a los fieles a dirigir su atención, así como "las oraciones y limosnas propias" (cf. Inter mirifica, 18). En la línea de esta tradición, he querido que este año se dedicase la Jornada a los ancianos, aceptando con gusto el tema que la Organización de las Naciones Unidas ha tomado en consideración para 1982.
1. Hoy se presentan los problemas de los ancianos con características notablemente distintas respecto a tiempos pasados. Nuevo es, sobre todo, el problema conexo con el elevado número de los ancianos mismos, incrementado, en los países de alto nivel de vida, por los continuos progresos de la medicina y de las medidas higiénico-sanitarias, de las mejores condiciones de trabajo y del creciente bienestar general.
Resultan pues nuevos algunos factores propios de la moderna sociedad industrial y post-industrial y en primer lugar, la estructura de la familia que, de patriarcal que era en la sociedad campesina, ha quedado reducida en general a un pequeño núcleo. Aparece a menudo aislada e inestable cuando no precisamente disgregada. A ello han contribuido y contribuyen diversos factores, tales como el éxodo del campo y la carrera hacia las aglomeraciones urbanas, a las cuales se han añadido, en nuestros días, la búsqueda a veces desmedida del bienestar y la carrera hacia el consumismo. En tal contexto con frecuencia los ancianos terminan por convertirse en un estorbo.
De ahí algunos inconvenientes graves que demasiado a menudo pesan sobre los ancianos: desde la mayor indigencia, sobre todo en los países privados aún de toda seguridad social para la vejez, hasta la inactividad forzada de los jubilados, en especial los procedentes de la industria o del sector terciario, y hasta la amarga soledad de todos aquellos que se encuentran privados de amistades y de verdadero afecto familiar. Con el aumentar de los años, con el declinar de las fuerzas y con la llegada de alguna debilitante enfermedad, se hacen sentir, de manera cada vez más grave, la fragilidad física y, sobre todo, el peso de la vida.
2. Estos problemas de la tercera edad no pueden encontrar una solución adecuada si no son sentidos y vividos por todos como realidades pertenecientes a la humanidad entera, la cual está llamada a valorizar las personas ancianas en razón de la dignidad de todo hombre y del significado de la vida, "que es un don, siempre".
La Sagrada Escritura, que hace frecuente referencia a los ancianos, considera la vejez como un don que se renueva y que debe ser vivido cada día en la apertura a Dios y al prójimo.
Ya en el Antiguo Testamento se considera al anciano sobre todo como un maestro de vida: "¡Qué bien dice la sabiduría a los ancianos...! La corona de los ancianos es su rica experiencia, y el temor del Señor, su gloria" (Eclo 25, 7-8). Además, el anciano tiene otra importante tarea: transmitir la Palabra de Dios a las nuevas generaciones: "Con nuestro oído, ¡oh Dios!, hemos oído; nos contaron nuestros padres la obra que tú hiciste en sus días" (Sal 44, 2). Al anunciar a los jóvenes la propia fe en Dios, él conserva la fecundidad de espíritu, que no decae con el declinar de las fuerzas físicas: "Fructificarán aun en la senectud, y estarán llenos de savia y verdor. Para anunciar cuán recto es Yavé" (Sal 92, 15-16). A estas tareas de los ancianos, corresponden los deberes de los jóvenes, o sea, el deber de escucharles: «No desprecies las sentencias de los ancianos» (Eclo 8, 11), "pregunta a tu padre, y te enseñará; a tus ancianos, y te dirán" (Dt 32, 7); y el de asistirles: "¿Hijo, acoge a tu padre en su ancianidad, y no le des pesares en su vida. Si llega a perder la razón, muéstrate con él indulgente y no le afrentes porque estés tú en la plenitud de tu fuerza" (Eclo 3, 14-15).
No menos rica es la enseñanza del Nuevo Testamento, donde San Pablo presenta el ideal de vida de los ancianos mediante consejos "evangélicos" muy concretos sobre la sobriedad, dignidad, buen sentido, seguridad en la fe, en el amor y en la paciencia (cf. Tit 2, 2). Un ejemplo muy significativo es el del viejo Simeón, vivido en la espera y en la esperanza del encuentro con el Mesías, y para quien Cristo pasa a ser la plenitud de la vida y la esperanza del futuro para él y para todos los hombres. Al estar preparado con fe y humildad, sabe reconocer al Señor y canta con entusiasmo no una despedida de la vida, sino un himno de gracias al Salvador del mundo, en el umbral de la eternidad (cf. Lc 2, 25-32).
3. Precisamente porque la tercera edad es un momento de la vida que hay que vivir con esfuerzo y amor, es necesario que se dé adecuado relieve y apoyo a todos aquellos "movimientos" que ayuden a los ancianos a salir de la actitud de desánimo, de soledad y de resignación, para hacer de ellos dispensadores de sabiduría, testigos de esperanza y artífices de caridad.
El primer ambiente en el que ha de desarrollarse la acción de los ancianos es la familia. Su sabiduría y su experiencia es un tesoro para los esposos jóvenes, que, en sus primeras dificultades de vida matrimonial pueden encontrar en los padres y confidentes ya mayores, las personas con quienes abrirse y aconsejarse, mientras en el ejemplo y en los cuidados afectuosos de los abuelos, los nietos encuentran compensación a las ausencias, hoy tan frecuentes por varios motivos, de los padres.
No es suficiente: en la misma sociedad civil, que ha confiado siempre al consejo de personas maduras la estabilidad del ordenamiento social, aun en el progreso de las necesarias reformas, los ancianos pueden todavía hoy representar el elemento equilibrador para la construcción de una convivencia, que avance y se renueve, no a través de experiencias ruinosas, sino con prudentes y graduales desarrollos.
4. En favor de los ancianos, los operadores de la comunicación social tienen una misión que cumplir de la mayor importancia, diría que insustituible. Precisamente los mass-media, con la universalidad de su radio de acción y lo penetrante de su mensaje, pueden, con rapidez y elocuencia, reclamar la atención y la reflexión de todos sobre los ancianos y sobre sus condiciones de vida. Sólo una sociedad consciente y sanamente animada y movilizada, podrá proceder a la búsqueda de orientaciones y soluciones, que respondan eficazmente a las nuevas necesidades.
Los operadores de la comunicación social pueden, pues, contribuir enormemente a la demolición de algunas impresiones unilaterales de la juventud, devolviendo a la edad madura y a la vejez el sentido de la propia utilidad y ofreciendo a la sociedad modelos de pensamiento y jerarquía de valores que revaloricen la persona del anciano. Estos, además, tienen la posibilidad de recordar oportunamente a la opinión pública que, junto al problema del "justo salario", se da también el problema de la "pensión justa", que no con menos fuerza forma parte de la "justicia social".
De hecho, los modernos esquemas culturales, que a menudo exaltan unilateralmente la productividad económica, la eficiencia, la belleza y la fuerza física, el bienestar personal, pueden inducir a considerar las personas ancianas incómodas, superfluas, inútiles y consiguientemente a marginarlas de la vida familiar y social. Un atento examen en este sector revela que parte de la responsabilidad de tal situación recae sobre algunas orientaciones de los mass-media: si es cierto que los medios de comunicación social son reflejo de la sociedad en la que actúan, no es menos cierto que contribuyen también a modelarla y que no pueden, por tanto, eximirse de la propia responsabilidad en este campo.
Los operadores están especialmente cualificados para difundir aquella visión auténticamente humana, y por tanto también cristiana, del anciano que hemos estado indicando hasta ahora: la ancianidad como don de Dios para el individuo, para la familia y para la sociedad. Autores, escritores, directores, actores, mediante las maravillosas vías del arte, pueden conseguir hacer comprensible y atractiva una tal visión. Todos conocemos el éxito que los mass-media han obtenido en otras campañas, conducidas con habilidad y perseverancia.
5. Estas orientaciones humanas y cristianas, difundidas por los mass-media, ayudarán a los ancianos a contemplar este período de la vida con serenidad y realismo; a poner en lo posible sus energías intelectuales, morales y físicas a disposición de los demás, apoyando iniciativas de carácter humanitario, educativo, social y religioso; a llenar sus largos silencios mediante la cultura y en el coloquio con Dios. Los hijos se darán cuenta de que el ambiente ideal para los ancianos es el de la familia, como cohabitación no tanto física cuanto afectiva, que les hace sentirse sinceramente aceptados, amados y sostenidos. La sociedad civil deberá ser estimulada a la adopción de sistemas adecuados de previsión social y formas de asistencia que tengan en cuenta, no sólo las necesidades físicas y materiales sino también las sicológicas y espirituales, de manera que se integre permanentemente a los ancianos y se les permita una vida plena. Personas generosas percibirán la llamada a dar tiempo y energías al servicio de esta causa, al descubrir en el hermano necesitado a Cristo mismo.
Además de esta benéfica tarea de animación, los operadores de la comunicación social, conscientes del hecho de que los ancianos constituyen proporciones numerosas y estables de su público, especialmente de radio-telespectadores y de lectores, procurarán que no falten programas y publicaciones especialmente adecuados para ellos, de manera que se les ofrezca no sólo un pasatiempo distensivo y recreativo, sino también ayuda para una formación permanente que se hace necesaria en todas las edades. Dichos operadores se harán merecedores de especial gratitud sobre todo por parte de los impedidos y enfermos al consentirles participar con el Pueblo de Dios en las acciones litúrgicas y acontecimientos de la Iglesia. En tales transmisiones se hará necesario naturalmente tener en cuenta las exigencias y sensibilidad especial del anciano, evitando novedades desconcertantes y respetando el sentido de lo sagrado, que el anciano posee en alto grado y que en la Iglesia constituye un bien a conservar.
6. En esta Jornada mundial de las Comunicaciones Sociales, dedicada a los problemas de los ancianos, ellos han de ser los primeros en ofrecer al Señor oraciones y sacrificios, a fin de que en el mundo se desarrolle la visión cristiana de la edad avanzada.
Los que disfruten del encanto de la infancia, del vigor de la juventud y de la eficiencia de la media edad, miren con respeto, gratitud y amor a aquellos que les preceden.
Los operadores de la comunicación social deben alegrarse por el hecho de poner sus maravillosos recursos al servicio de esta causa tan noble y tan meritoria.
Quiera el Señor bendecir y sostener a todos en sus propósitos.
Con estos deseos me alegra impartir a todos aquellos que trabajan en el campo de las comunicaciones sociales, a cuantos responsablemente se valgan de sus servicios, y de manera especial a las personas ancianas, mi bendición apostólica, propiciadora de copiosos dones de serena alegría y progreso espiritual.



Vaticano, 10 de mayo de 1982, IV año de mi pontificado.

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA 15a JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

31 de mayo de 1981

Queridísimos hermanos y hermanas:
La XV Jornada mundial de las Comunicaciones Sociales, fijada para el domingo 31 de mayo de 1981, tiene como tema: "Las comunicaciones sociales al servicio de la libertad responsable del hombre". A tan importante tema tengo intención de dedicar este mensaje, que dirijo a los hijos de la Iglesia católica y a todos los hombres de buena voluntad.

Un signo de los tiempos
1. En la continua expansión y progreso de los mass-media se puede descubrir un "signo de los tiempos", que constituye un inmenso potencial de universal comprensión y un fortalecimiento de premisas para la paz y la fraternidad entre los pueblos.
Justamente Pío XII, de venerada memoria, en la Encíclica Miranda prorsus, del 8 de septiembre de 1957, hablaba de estos "medios", clasificándolos como "inventos maravillosos de los cuales se glorían nuestros tiempos", y veía en ellos "un don de Dios". El Decreto Inter mirifica del Concilio Ecuménico Vaticano II, al reforzar este concepto, subrayaba las posibilidades de estos medios que, "por su naturaleza están en condiciones de alcanzar y mover no sólo los individuos, sino las mismas multitudes y toda la sociedad humana".
La Iglesia, al tomar acto de las enormes posibilidades de los mass-media, ha añadido siempre, a una valoración positiva, el reclamo a consideraciones que no se detengan solamente en una evidente exaltación, sino que hagan reflexionar y considerar que la fuerza de sugestión de estos "medios" ha tenido y tendrá sobre el hombre especiales influencias que habrá que tener muy en cuenta. El hombre, también en relación con los mass-media, está llamado a ser "él mismo": o sea, libre y responsable, "usuario" y no "objeto", "crítico" y no "pasivo".

Servicio a la paz
2. En el curso de mi "servicio pastoral", he llamado repetidamente la atención sobre esa "visión del hombre" como "persona libre", la cual, fundada en la divina Revelación, es confirmada y reclamada por la misma naturaleza como una necesidad vital: visión que en la actualidad resulta todavía más indispensable, tal vez también como reacción a los peligros que corre y a las amenazas que sufre o teme.
En el "Mensaje" enviado con motivo de la "Jornada mundial de la Paz", al abrirse este año 1981, quise llamar la atención sobre la libertad como condición necesaria para la consecución de la paz: libertad de los individuos, de los grupos, de las familias, de los pueblos, de las minorías étnicas, lingüísticas, religiosas.
De hecho el hombre se realiza a sí mismo en la libertad. Y a esta realización, cada vez más plena, debe tender, sin detenerse únicamente en exaltaciones verbales o retóricas, como ocurre demasiado a menudo, sin dar la vuelta al mismo sentido de la libertad y sin "cultivar de mala manera, como si todo fuera lícito a condición de que guste, incluido el mal" -como reafirma la Constitución pastoral del Concilio Vaticano II Gaudium et spes (núm. 17)-, al contrario debe ver y alcanzar estrechamente, conceptualmente y de hecho, la libertad como consecuencia de la "dignidad" proveniente del hecho de ser él mismo signo altísimo de la imagen de Dios. Esta es la dignidad que exige que el hombre actúe según opciones conscientes y libres, esto es, movido e inducido por convicciones personales y no por un ciego impulso interno o por mera coacción externa (cf. Gaudium et spes, l. c.). También una sugestión sicológica, aparentemente "pacífica", de la cual el hombre es hecho objeto con medios de persuasión hábilmente manipulados, puede representar y ser un ataque y un peligro para la libertad. Por este motivo deseo hablar de las comunicaciones sociales al servicio de la libertad responsable del hombre. El hombre es creado libre y como tal debe crecer y formarse con un esfuerzo de superación de sí mismo, ayudado por la gracia sobrenatural. La libertad es conquista. El hombre debe liberarse de todo aquello que puede desviarlo de esta conquista.

La verdad, la justicia y el amor
3. En este punto los mass-media se sitúan como factores dotados de una particular "carga positiva" en el contexto de este "esfuerzo" para la realización de la libertad responsable: es una constatación que ha permanecido constantemente presente en la atención de la Iglesia. Esta posibilidad, si es necesario, se puede también demostrar. Pero aquí hay que preguntarse antes que nada: ¿De la pura posibilidad a su realización, hay verdaderamente un "paso positivo"?, ¿responden de hecho losmass-media a las expectativas suscitadas en cuanto factores que favorecen la realización del hombre en su libertad responsable"?
¿Cómo se expresan estos medios o cómo son utilizados para la realización del hombre en su libertad y cómo la promueven? De hecho se presentan como realidad de la "fuerza expresiva" y a menudo, bajo ciertos aspectos, como imposición, sin que el hombre de hoy esté en condiciones de crear el vacío en torno a sí, ni de atrincherarse en el aislamiento, porque esto equivaldría a privarse de contactos de los cuales no puede prescindir.
A menudo los mass-media son expresión de un poder que se hace "opresión", especialmente allí donde no se admite el pluralismo. Esto puede tener lugar no solamente donde la libertad es de hecho inexistente, en razón de dictaduras de cualquier signo, sino también donde, aun conservándose de alguna manera esta libertad, se registran continuamente enormes intereses y presiones manifiestas u ocultas.
Esto se refiere particularmente a la violación de los derechos de libertad religiosa, pero vale también para otras situaciones opresivas que, prácticamente, se basan por varios motivos en la instrumentalización del hombre.

La manipulación de los «mass-media»
La libertad responsable de los operadores de las comunicaciones sociales, que debe presidir determinadas opciones, ¡no puede dejar de tener en cuenta a aquellos a quienes afectan dichas opciones, también ellos libres y responsables!
Llamar a los operadores de los mass-media al compromiso que impone el amor, la justicia, la verdad, junto con la libertad, es un deber de mi servicio pastoral. ¡La verdad no debe ser nunca manipulada, ni dejada de lado la justicia, ni olvidado el amor, si se quiere corresponder a aquellas normas deontológicas que, olvidadas o inatendidas, producen sectarismo, escándalos, sumisión a los poderosos o condescendencia a la razón de Estado! No será la Iglesia la que sugiera atenuar u ocultar la verdad, aunque sea dura: la Iglesia, precisamente porque es "experta en humanidad", no se deja llevar por un ingenuo optimismo, sino que predica la esperanza y no se complace en los escándalos. Pero, precisamente porque respeta la verdad, ¡no puede por menos de poner de relieve que ciertos modos de utilizar los mass-media son capciosos en relación con la verdad y deletéreos en relación con la esperanza!

4. Todavía más: se nota en los mass-media una carga agresiva en la información y en las imágenes: desde el espectáculo a los mensajes políticos, desde los descubrimientos culturales prefabricados y dirigidos -que son auténtico adoctrinamiento-, a los mismos mensajes publicitarios.
Es difícil en nuestro mundo pensar en operadores de los mass-media que estén desvinculados de sus propias matrices culturales; pero ello no debe hacer que se imponga a otros la ideología personal. El operador deberá llevar a cabo un servicio lo más objetivo posible y no transformarse en un persuasor oculto por interés de parte, conformismo o ganancia.
Hay además un peligro para la libertad responsable de los usuarios de los medios de comunicación social, que hay que señalar como un grave atentado y está constituido por las solicitaciones a la sexualidad, llegando incluso a la irrupción de la pornografía: en las palabras pronunciadas o escritas, en las imágenes, en las representaciones e incluso en ciertas manifestaciones llamadas "artísticas". Se lleva a la práctica a veces un auténtico lenocinio, que cumple con una obra de destrucción y perversión. Denunciar este estado de cosas no es manifestar, como a menudo se oye decir, mentalidad atrasada o voluntad de censura: la denuncia, también en este punto, se hace precisamente en nombre de la libertad, que postula y exige no tener que sufrir imposiciones por parte de quien quiera transformar la sexualidad misma en un "fin". Esta operación sería no sólo anticristiana, sino antihumana, con los consiguientes pasos a la droga, a la perversión, a la degeneración.
La capacidad intrínseca de los medios de comunicación social ofrece posibilidades enormes, se ha dicho. Entre ellas también la de exaltar la violencia, a través de la descripción y figuración de la existente en la crónica cotidiana, con "complacencias" de palabras y de imágenes, ¡tal vez con el pretexto de condenarla! Se da demasiado a menudo una especie de búsqueda que tiende a suscitar emociones violentas para estimular la atención, cada vez más débil.

Grandes posibilidades y eventuales peligros
5. No se puede dejar de hablar del efecto y de la influencia que todo esto ejerce de manera particular en la fantasía de los más jóvenes y de los niños, grandes usuarios de los mass-media, desprovistos y abiertos a los mensajes y a las sensaciones.
Hay una maduración que debe ser ayudada sin traumatizar artificiosamente un sujeto todavía en formación.
La Iglesia, en éste como en otros campos, pide responsabilidad, no sólo a los operadores de los medios de comunicación social, sino a todos y, de manera especial, a las familias.
El modo de vivir, especialmente en las naciones más industrializadas, lleva muy a menudo a que las familias se descarguen de sus responsabilidades educativas, encontrando en la facilidad de evasión (en casa representada especialmente por la televisión y ciertas publicaciones) el modo de tener ocupados tiempo y actividad de niños y muchachos. Nadie puede negar que en ello hay una cierta justificación, dado que demasiado a menudo faltan estructuras e infraestructuras suficientes para potenciar y valorizar el tiempo libre de los chicos y orientar sus energías.
Sufren las consecuencias precisamente aquellos que más necesidad tienen de ser ayudados en el desarrollo de su libertad responsable. Y he aquí que emerge el deber -especialmente para los creyentes, para las mujeres y los hombres amantes de la libertad- de proteger especialmente a los niños y muchachos de las agresiones que sufren también por parte de losmass-media. ¡Que nadie falte a su deber aduciendo motivos demasiado cómodos para desentenderse!

Acción pastoral de la Iglesia
6. ¡Hay que preguntarse, especialmente en las circunstancias de esta Jornada, si la misma acción pastoral lleva a buen fin todo aquello que se le pide en el sector de los mass-media!
Al respecto hay que recordar, además del documento Communio et progressio, cuyo décimo aniversario celebramos, lo dicho en el Sínodo de los Obispos de 1977 -ratificado por la Constitución Apostólica Catechesi tradendae-, así como lo que ha puesto de relieve el Sínodo de los Obispos de octubre de 1980, sobre problemas de la familia.
La teología y la práctica pastoral, la organización de la catequesis, la escuela -especialmente la escuela católica-, las asociaciones y los grupos católicos, ¿qué han hecho, concretamente, por este específico punto crucial?
Hay que intensificar la acción directa para la formación de una conciencia crítica que influya en las actitudes y en los comportamientos no sólo de los católicos o de los hermanos cristianos -defensores por convicción o por misión de la libertad y de la dignidad de la persona humana-, sino de todos los hombres y mujeres, adultos y jóvenes, a fin de que sepan verdaderamente "ver, juzgar y actuar" como personas libres y responsables, también -quisiera decir sobre todo- en la producción y en las decisiones que se refieren a los medios de comunicación social.
El servicio pastoral, del que soy responsable; la mentalidad conciliar, de la que tantas veces he tenido modo de hablar y que siempre he estimulado; mis experiencias personales y convicciones de hombre, de cristiano y de obispo me llevan a subrayar la posibilidad de bien, la riqueza, el carácter providencial de los mass-media. Puedo añadir que no me pasa inadvertido, antes bien, me "interesa mucho" ese aspecto suyo que se suele llamar artístico. Pero todo ello no impide que se vea también la parte que en el uso -o abuso- de los mass-media tiene la ganancia, la industria, la razón del poder.
Todos estos aspectos han de ser considerados de cara a una valoración global de estos medios. ¡Que los mass-media sean, cada vez menos, instrumentos de manipulación del hombre! Y sean en cambio, cada vez más, promotores de libertad: medios de potenciamiento, de crecimiento, de maduración de la verdadera libertad del hombre.
Con estos deseos, me siento feliz de invocar sobre todos aquellos que lean estas palabras y traten de captar y actuar su sentido pastoral, los más abundantes favores celestiales, de los cuales es prenda mi bendición apostólica.

Vaticano, 10 de mayo, IV domingo de Pascua de 1981, III año de mi pontificado.

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA 14a JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES



18 de mayo de 1980



Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
La Iglesia católica celebrará el próximo 18 de mayo, la Jornada mundial de las Comunicaciones Sociales, conforme a lo dispuesto por el Concilio Ecuménico Vaticano II; uno de los primeros documentos del mismo estableció que cada año, en todas las diócesis, tenga lugar una Jornada, en la cual los fieles recen para que el Señor haga más eficaz el trabajo de la Iglesia en este sector y en la cual reflexionen sobre sus propios deberes y contribuyan con una oferta al mantenimiento e incremento de las instituciones e iniciativas promovidas por la Iglesia en el campo de las comunicaciones sociales.
En el curso de estos años, la Jornada ha adquirido cada vez más importancia. Son muchos los países en que católicos y miembros de otras comunidades cristianas se han asociado para celebrarla, dando así un ejemplo oportuno de solidaridad, conforme al principio ecuménico de "no hacer separadamente lo que pueda hacerse juntos". Por ello, tenemos que estar agradecidos al Señor.

Los mass-media y la familia
Este año, en sintonía con el tema del próximo Sínodo de los Obispos, que considerará las cuestiones referentes a la familia en las cambiantes circunstancias de los tiempos modernos, se nos invita a prestar atención a las relaciones entre mass-media y familia. Un fenómeno que afecta a todas las familias, incluso en su intimidad, es precisamente el de la amplia difusión de los medios de comunicación social: prensa, cine, radio y televisión. Es ya difícil encontrar una casa en la que no haya entrado al menos uno de tales medios. Mientras, hasta hace pocos años, la familia estaba compuesta de padres, hijos y por alguna otra persona unida por vínculos de parentesco o trabajo doméstico, hoy, en cierto sentido, el círculo se ha abierto a la "compañía", más o menos habitual, de anunciadores, actores, comentadores políticos y deportivos, y también a la visita de personajes importantes y famosos, pertenecientes a profesiones, ideologías y nacionalidades diversas.
Es éste un dato de hecho que si bien ofrece oportunidades extraordinarias, no deja de esconder también insidias y peligros a los que no hay que quitar importancia. La familia se resiente hoy de las fuertes tensiones y de la desorientación creciente que caracterizan el conjunto de la vida social. Han venido a faltar algunos factores de estabilidad que aseguraban, en el pasado, una sólida cohesión interna y -gracias a la completa comunidad de intereses y necesidades y a una convivencia que, con frecuencia, ni siquiera el trabajo interrumpía- consentían a la familia el desarrollo de un papel primordial en la función educativa y socializante.



Los mass-media y la juventud
En esta situación de dificultad y, a veces, de crisis, los medios de comunicación social intervienen, a menudo, como factores de ulterior malestar. Los mensajes que llevan presentan, no raramente, una visión deformada de la naturaleza de la familia, de su fisonomía, de su papel educativo. Además, pueden introducir entre sus componentes ciertos hábitos negativos de fruición distraída y superficial de los programas, de pasividad acrítica ante sus contenidos, de renuncia a la mutua confrontación y al diálogo constructivo. En particular, mediante los modelos de vida que presentan, con la sugestiva eficacia de la imagen, de las palabras y de los sonidos, los medios de comunicación social tienden a sustituir a la familia en el papel de preparación a la percepción y a la asimilación de los valores existenciales.
Es necesario al respecto subrayar la influencia creciente que los mass-media, especialmente la televisión, ejercen en el proceso de socialización de los muchachos, facilitando una visión del hombre, del mundo y de las relaciones con los demás que, a menudo, difiere profundamente de aquella que la familia trata de transmitir. A veces los padres no se cuidan suficientemente de esto. Preocupados en general de vigilar las amistades que mantienen sus hijos, no lo están igualmente respecto de los mensajes que la radio, la televisión, los discos, 1a prensa y las historietas gráficas llevan a la intimidad "protegida" y "segura" de su casa. Es así como los mass-media entran a menudo en la vida de los jóvenes; sin la necesaria mediación orientadora de los padres y educadores, que podría neutralizar los posibles elementos negativos y valorizar en cambio debidamente las no pequeñas aportaciones positivas, capaces de servir al desarrollo armonioso del proceso educativo.
Es indudable, además, que los medios de comunicación social representan también una fuente preciosa de enriquecimiento cultural para el individuo y para toda la familia. Desde el punto de vista de esta última, en particular, no hay que olvidar que estos medios pueden contribuir a animar el diálogo e intercambio en la pequeña comunidad y ampliar sus centros de interés abriéndola a los problemas de la gran familia humana; consienten además una cierta participación en los acontecimientos religiosos lejanos, que pueden constituir un motivo de singular consuelo para enfermos e imposibilitados. El sentido de la universalidad de la Iglesia y de su presencia activa en la solución de los problemas de los pueblos se hace, de este modo, más profundo. Así, pues, los medios de comunicación social pueden contribuir mucho a acercar los corazones de los hombres en la simpatía, en la comprensión y en la fraternidad. La familia puede abrirse con su ayuda a sentimientos más estrechos y profundos hacia todo el género humano.




Beneficios éstos que deben ser debidamente valorados.
A fin de que la familia pueda obtener estos beneficios del uso de los mass-media, sin sufrir los condicionamientos negativos, es necesario que sus componentes, y en primer lugar los padres, se sitúen en una posición activa ante éstos, procurando afinar las facultades críticas y renunciando a la pasividad ante los mensajes transmitidos, para mejor comprender y juzgar los contenidos. Será necesario, además, decidir de manera autónoma el tiempo que se dedicará a la utilización de los medios de comunicación social, teniendo en cuenta las actividades y compromisos que la familia como tal, y cada uno de sus miembros tienen que atender.
En síntesis: corresponde a los padres educarse a si mismos, y al mismo tiempo a los hijos, a entender el valor de la comunicación, a saber elegir entre los varios mensajes vinculados a la misma, a recibirlos con selección y sin dejarse avasallar sino más bien reaccionando de manera responsable y autónoma. Cuando esto se cumple bien, los medios de comunicación dejan de interferirse en la vida de familia a modo de competencia peligrosa que insidia las funciones fundamentales, y se muestran, en cambio, como ocasión preciosa de confrontación razonada con la realidad y como útiles componentes del proceso gradual de maduración humana que exige la introducción de la juventud en la vida.



Responsabilidad de los profesionales
Es evidente que en esta delicada tarea las familias deben poder contar en no pequeña medida con la buena voluntad, rectitud y sentido de responsabilidad de los profesionales de los mass-media -editores, escritores, productores, directores, dramaturgos, informadores, comentaristas y actores, categorías todas en que prevalecen los laicos-. Quiero repetir a estos hombres y mujeres cuanto dije el año pasado en uno de mis viajes: "Las grandes fuerzas que configuran el mundo -política, mass-media, ciencia, tecnología, cultura, educación e industria- constituyen precisamente las áreas en las que los seglares son especialmente componentes para ejercer su misión" (Limerick, l de octubre de 1979).
No hay duda de que los mass-media son hoy una de las grandes fuerzas que modelan el mundo y que en este campo un creciente número de personas, bien dotadas y altamente preparadas, está llamado a encontrar el propio trabajo y la posibilidad de ejercer su propia vocación. La Iglesia piensa en ellos con afecto atento y respetuoso, y reza por ellos. Pocas profesiones requieren tanta energía, dedicación, integridad y responsabilidad como ésta y, además, al mismo tiempo, pocas son las profesiones que tengan tanta incidencia en los destinos de la humanidad.
Invito, por lo tanto, vivamente a todos aquellos que se ocupan de actividades relacionadas con los medios de comunicación social a que se unan a la Iglesia en esta Jornada de reflexión y plegaria. Pidamos juntos a Dios que estos hermanos nuestros crezcan en la conciencia de sus grandes posibilidades de servicio a la humanidad y de orientación del mundo hacia el bien. Pidamos para que el Señor les de la comprensión, sabiduría y valor que necesiten para poder responder a sus graves responsabilidades. Pidamos para que estén siempre atentos a las necesidades de los receptores, que en gran parte son miembros de familias parecidas a las suyas, con padres a menudo demasiado cansados, tras una dura jornada de trabajo, para poder mantenerse lo suficientemente atentos, y con niños llenos de confianza, impresionables y fácilmente vulnerables. Si quieren tener presente todo esto, pensarán en las enormes resonancias que su actividad puede tener para el bien o para el mal, y se esforzarán en ser coherentes consigo mismos y fieles a su vocación personal.
Mi especial bendición apostólica se dirige hoy a todos aquellos que trabajan en el campo de las comunicaciones sociales, a todas las familias y a cuantos, mediante la oración, la reflexión y el diálogo, tratan de situar estos importantes medios al servicio del hombre y de la gloria de Dios.



Vaticano, 1 de mayo de 1980.

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA 13a JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

27 de mayo de 1979

Queridísimos hermanos e hijos de la Santa Iglesia:
Con sincera fe y viva esperanza, con los mismos sentimientos que han marcado desde el comienzo mi servicio pastoral en la Cátedra de Pedro, me dirijo a vosotros y, en particular, a quienes de entre vosotros se ocupan de comunicaciones sociales, en el día que el Concilio Vaticano II ha querido consagrar a este importante sector (cf. Inter mirifica, 18).

Un tema elegido por Pablo VI
El tema sobre el cual deseo llamar vuestra atención contiene, precisamente, una invitación implícita a la confianza y a la esperanza: porque se refiere a la infancia; por mi parte voy a tratar acerca del mismo con la mayor complacencia, ya que fue elegido para la presente circunstancia por mi amado predecesor Pablo VI. La Organización de las Naciones Unidas ha proclamado 1979 "Año Internacional del Niño" y esta ocasión ofrece la oportunidad de reflexionar sobre las exigencias concretas de esa amplia franja de "receptores" -los niños- y acerca de las responsabilidades que consiguientemente corresponden a los adultos; de modo especial a los operadores de las comunicaciones, los cuales pueden ejercer -y de hecho ejercen- un gran influjo sobre la formación o, lamentablemente, la deformación de las jóvenes generaciones. De ahí la importancia y complejidad del tema: "Las comunicaciones sociales por la tutela y el desarrollo de la infancia en la familia y en la sociedad".

Actitud de los niños ante los medios audiovisuales
Sin pretender hacer un examen y, tanto menos, agotar el tema en sus varios aspectos quiero recordar, aunque sea brevemente lo que la infancia espera y tiene derecho a obtener de estos instrumentos de comunicación. Fascinados y privados de defensas ante el mundo y ante los adultos, los niños están naturalmente dispuestos a acoger lo que se les ofrece, ya se trate del bien o del mal. Bien lo sabéis vosotros, profesionales de las comunicaciones y especialmente los que os ocupáis de los medios audiovisuales. Los niños se sienten atraídos por la "pequeña pantalla" y por la "pantalla grande": siguen todos los gestos que aparecen en ellas y perciben, antes y mejor que cualquier otra persona, las emociones y sentimientos consiguientes.
Como cera blanda, sobre la cual cualquier leve presión deja un trazo, el ánimo de los niños está expuesto a cualquier estímulo que solicite la capacidad de ideación, la fantasía, la afectividad, el instinto. Por otra parte, las impresiones en esta edad son las que penetran con mayor profundidad en la sicología del ser humano y condicionan, a menudo de manera duradera, las relaciones sucesivas consigo mismo, con los demás y con el ambiente. Precisamente, al intuir lo delicada que resulta esta primera fase de la vida, la sabiduría pagana formuló la conocida máxima pedagógica, según la cual maxima debetur puero revetentia; y bajo esta misma luz se hace evidente, en toda su motivada severidad, la advertencia de Cristo: "Al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le hundieran en el fondo del mar" (Mt 18, 6). Y ciertamente entre los "pequeños" en sentido evangélico hay que incluir y de manera especial a los niños.

Jesús y los pequeños
El ejemplo de Cristo ha de ser normativo para el creyente, que trata de inspirar la propia vida en el Evangelio. Pues bien, Jesús se presenta como aquel que acoge amorosamente a los niños (cf. Mc 10, 16) tutela su deseo espontáneo de acercarse a él (cf. Mc 10, 14), alaba su típica y confiada sencillez, merecedora del Reino (cf. Mt 18, 3-4), subraya la transparencia interior que con tanta facilidad les dispone a la experiencia de Dios (cf. Mt 18, 10). No duda en establecer una ecuación sorprendente: "El que por mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe" (Mt 18, 5). Como he tenido ocasión de escribir recientemente, "El Señor se identifica con el mundo de los pequeños (...) Jesús no condiciona a los niños, no se sirve de los niños. Los llama y los hace copartícipes de su plan de salvación del mundo" (cf. Mensaje al Presidente del Consejo Superior de la Obra Pontificia de la Infancia Misionera; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 20 de mayo de 1979, pág. 7).
¿Cuál tendrá que ser, pues, la actitud de los cristianos responsables y, especialmente, de los padres y de los operadores de los mass-media conscientes de sus deberes en relación con la infancia? Deberán, sobre todo, preocuparse del crecimiento humano del niño: la pretensión de mantenerse ante él en una postura de "neutralidad' y de dejarlo "que se haga" espontáneamente esconde -bajo la apariencia del respeto hacia su personalidad- una actitud de peligroso desinterés.
Un desinterés así ante los niños no es aceptable; la infancia, en realidad, tiene necesidad de ser ayudada en su desarrollo hacia la madurez. Hay una gran riqueza de vida en el corazón del niño; pero él no está en condiciones de discernir, por sí mismo, las voces que oye en su interior. Son los adultos -padres, educadores, operadores de las comunicaciones sociales- quienes tienen el deber y están en condiciones de ayudarles a descubrir esa riqueza. ¿Acaso todo niño no se parece, de alguna manera al pequeño Samuel del que habla la Sagrada Escritura? Incapaz de interpretar la llamada de Dios, él pedía ayuda a su maestro, que al principio le respondió: "No te he llamado; vuelve a acostarte" (1 Sam 3, 5-6). ¿Será igual nuestra actitud, que sofoca los ímpetus y las vocaciones mejores, o bien seremos capaces de hacer comprender las cosas al niño, al igual que hizo al fin el sacerdote Elí con Samuel: "Si vuelven a llamarte di: 'Habla, Yavé, que tu siervo escucha'?" (1 Sam 3, 9).

Responsabilidad de los padres, educadores y operadores de los mass-media
Las posibilidades y los medios de que vosotros, los adultos, disponéis al respecto son enormes: estáis en condiciones de despertar el espíritu del niño para que escuche o de adormecerlo o, Dios no lo quiera, de intoxicarlo irremediablemente. Se necesita en cambio actuar de manera que el niño capte, gracias también a vuestro empeño educativo, no mortificante sino siempre positivo y estimulante, las amplias posibilidades de educación personal, que le consentirán inserirse creativamente en el mundo. Secundadlo, especialmente vosotros que os ocupáis de los mass-media, en su búsqueda cognoscitiva, proponiendo programas recreativos y culturales, en los cuales el niño encuentre respuesta a la búsqueda de su identidad y de su gradual "ingreso" en la comunidad humana. Es también importante que el niño no sea, en vuestros programas, una simple comparsa, como para enternecer los ojos cansados y desencantados de espectadores u oyentes apáticos; sino un protagonista de modelos válidos para las jóvenes generaciones.

Los valores espirituales y religiosos
Soy bien consciente de que al reclamaros un tal esfuerzo humano y "poético" (en el verdadero sentido de la capacidad creadora propia del arte), os pido implícitamente que renunciéis a ciertos planes de búsqueda calculada del mayor "índice de atención" de cara a un éxito inmediato. La verdadera obra de arte, ¿acaso no es aquella que se impone sin ambiciones de éxito y que nace de una auténtica habilidad y de una segura madurez profesional? Tampoco queráis excluir de vuestra producción -os lo pido como un hermano- la oportunidad de ofrecer un estímulo espiritual y religioso al corazón de los niños: y esto quiere ser una llamada confiada de colaboración por vuestra parte en la tarea espiritual de la Iglesia.
Igualmente me dirijo a vosotros, padres y educadores, catequistas y responsables de las diversas asociaciones eclesiales a fin de que queráis considerar responsablemente el problema de la utilización de los medios de comunicación social, en relación con los niños, como una cosa de importancia capital, no solamente en función de una iluminada formación que, además de desarrollar el sentido crítico y -podría decirse- la auto-disciplina en la elección de programas, les promueva realmente en un plano humano, sino también en orden a la evolución de toda la sociedad en la línea de la rectitud, de la verdad y de la fraternidad.

Mirar a la Virgen
Queridísimos hermanos e hijos: La infancia no es un período cualquiera de la vida humana, del cual sea posible aislarse artificialmente: como un hijo es carne de la carne de sus padres, así el conjunto de los niños es parte viva de la sociedad. Por esta razón en la infancia está en juego la suerte misma de toda la vida, de la "suya" y de la "nuestra" esto es de la vida de todos. Tenemos, pues que servir a la infancia valorizando la vida y optando "en favor" de la vida a todos los niveles, y la ayudaremos presentando a los ojos y al corazón delicado y sensible de los pequeños aquello que en la vida hay de más noble y más elevado.
Dirigiendo la mirada hacia este ideal, a mi me parece encontrar el rostro dulcísimo de la Madre de Jesús, la cual, totalmente dedicada a servir a su divino Hijo, "conservaba todo esto en su corazón" (Lc 2, 51). A la luz de su ejemplo, rindo homenaje a la misión que a todos vosotros os corresponde en el terreno pedagógico y, con la confianza de que la realizaréis con un amor parejo a su dignidad, os bendigo de corazón.

Vaticano, 23 de mayo del año 1979, I del pontificado.

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