viernes, 15 de agosto de 2008

Mensaje del Papa al III Congreso Americano Misionero



Mensaje del Papa al III Congreso Americano Misionero


Que se celebra del 12 al 17 de agosto en Quito


CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 15 agosto 2008 (ZENIT.org).- Del 12 al 17 de agosto se celebra en Quito, Ecuador, el III Congreso Americano Misionero (CAM3) y el VIII Congreso Misionero Latinoamericano (COMLA8), que culminará con el lanzamiento de la Misión Continental propuesta por la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se celebró en mayo de 2007 en Aparecida. Publicamos el mensaje que el Santo Padre ha enviado a este Congreso, leído en la misa de su inauguración.

Al Señor Cardenal Antonio José González Zumárraga, Arzobispo emérito de Quito, Presidente de la Comisión Central delIII Congreso Americano Misionero.
El III Congreso Americano Misionero, que se celebra en Quito, es una oportunidad incomparable que el Espíritu Santo brinda para profundizar en la experiencia importante que supuso la celebración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, así como en el programa evangelizador que de allí emanó, dando de este modo un paso más en el impulso del ardor misionero en América.
En estas jornadas, bajo el lema "América con Cristo: escucha, aprende y anuncia", el Señor ocupará el centro de sus plegarias y de sus sesiones de estudio, reflexión y diálogo. Él, como el verdadero Maestro, los iluminará para que, dando cabida en sus corazones a su mensaje de amor y redención, vayan y den frutos de santidad copiosos y duraderos (cf. Jn 15,16).
Deseo saludar con entrañable afecto y estima a Vuestra Eminencia, así como al Arzobispo de Quito, Mons. Raúl Eduardo Vela Chiriboga, a los que han preparado con esmero este encuentro continental y a los Señores Cardenales, Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que participan en él. "A ustedes que, consagrados por Cristo Jesús, han sido llamados a ser pueblo de Dios en unión con todos los que invocan en cualquier lugar el nombre de Jesucristo, que es Señor de ellos y de nosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor" (1 Co 1,2-3).
Mi Enviado Especial, el Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, Arzobispo de Santo Domingo, les hará presente en estos intensos días mi cercanía espiritual y mi gozo al saberles unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar con miras a que las comunidades eclesiales de América se renueven mediante la conversión al Señor Jesús, que tuvo siempre como alimento hacer la voluntad de Dios, su Padre (cf. Jn 4,32-34; Hb 10,5-10).
A ese Congreso, como a un cenáculo continental, llega la fuerza potente del Espíritu Santo, que con sus dones y carismas continúa impulsando a la Iglesia a pregonar la Buena Noticia de la salvación a cada persona, en particular a las que desconocen a Cristo o, tal vez, lo han olvidado, llegando hasta los extremos confines de la tierra.
El Congreso será también el marco en el que se dará un solemne inicio a una "Misión continental", en la que, armonizando esfuerzos pastorales e iniciativas evangelizadoras, las distintas Iglesias particulares en América Latina y el Caribe van a intensificar su quehacer, para que el Señor sea cada día más conocido, amado, seguido y alabado en esas benditas tierras.
Él ha vencido el pecado y la muerte, nos otorga cotidianamente su perdón, nos enseña a perdonar y nos llama a vivir una vida alejada del egoísmo que nos esclaviza y colmada del amor que nos engrandece y dignifica.
La hora presente es una ocasión providencial para que, con sencillez, limpieza de corazón y fidelidad, volvamos a escuchar cómo Cristo nos recuerda que no somos siervos, sino sus amigos. Él nos instruye para que permanezcamos en su amor sin amoldarnos a los dictados de este mundo. No seamos sordos a su Palabra. Aprendamos de Él. Imitemos su estilo de vida. Seamos sembradores de su Palabra (cf. Mc 3,15; Jn 8, 33-36; 15,1-8; 17,14-17). De este modo, con toda nuestra vida, con el gozo de sabernos amados por Jesús, a quien podemos llamar hermano, seremos instrumentos válidos para que Él siga atrayendo a todos con la misericordia que brota de su Cruz.
Queridos hermanos y hermanas, con mansedumbre y fortaleza, con la caridad que el Espíritu Santo ha derramado en nuestro interior, les animo a compartir con otros este tesoro, pues no hay riqueza mayor que gozar de la amistad de Cristo y caminar a su lado. Merece la pena consagrar a esta hermosa labor nuestras mejores energías, sabiendo que la gracia divina nos precede, sostiene y acompaña en su realización. Encuentren, pues, en la oración perseverante, en la meditación ferviente de la Palabra de Dios, en la obediencia al Magisterio de la Iglesia, en la digna celebración de los Sacramentos y en el testimonio de la caridad fraterna la fuerza necesaria para identificarse con los sentimientos de Cristo y así ser discípulos suyos con coherencia y generosidad, proclamando con el propio ejemplo que Cristo es el Hijo de Dios, el Redentor del hombre y la roca firme donde cimentar nuestra existencia. Beban el agua vivificante que mana del costado del Salvador y sacien de su frescura cristalina a todos los que están sedientos de justicia, paz y verdad; a los que están sumidos en la cerrazón del pecado, en el ofuscamiento del relativismo, en la dureza del corazón o en la oscuridad de la violencia. Sientan el consuelo de Cristo y ofrezcan el bálsamo de su amor a los atribulados, a los que andan apesadumbrados por el dolor o han quedado heridos por la frialdad del indiferentismo o el flagelo de la corrupción. Estos retos exigen superar el individualismo y el aislamiento y reclaman robustecer el sentido de pertenencia eclesial y la colaboración leal con los Pastores, con el fin de formar comunidades cristianas orantes, concordes, fraternas y misioneras.
El servicio más importante que podemos brindar a nuestros hermanos es el anuncio claro y humilde de Jesucristo, que vino a este mundo para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). De nosotros, por tanto, que sin mérito alguno de nuestra parte somos discípulos suyos, se espera "un testimonio muy creíble de santidad y compromiso. Deseando y procurando esta santidad no vivimos menos, sino mejor, porque cuando Dios pide más es porque está ofreciendo mucho más" (Documento Conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, n. 352).
Ante las dificultades de un ambiente a veces hostil, de la escasez de resultados inmediatos y espectaculares o frente a la insuficiencia de medios humanos, los invito a no dejarse vencer por el miedo, abatir por el desánimo o arrastrar por la inercia. Recuerden las palabras de Jesús, el Buen Pastor: "Ustedes encontrarán la persecución en el mundo. Pero, ánimo, yo he vencido al mundo" (Jn 16,33).
En esta circunstancia, he querido ofrecer a cada uno de los Presidentes de las Conferencias Episcopales de Latinoamérica y el Caribe un tríptico en el que aparece Cristo glorioso que, con sus brazos abiertos, acoge a todos. Él nos precede en el camino de la vida y nos ayudará a aspirar a la santidad, de modo que se despierte en cada bautizado el misionero que lleva dentro de sí y se venza la vacilación o la mediocridad que a menudo nos asalta.
En la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe, podremos siempre encontrar el modelo de perfecta entrega a su divino Hijo. Como hizo en Caná de Galilea, Ella nos sigue exhortando a hacer lo que Jesús nos diga (cf. Jn 2,5). A su lado, y confiando en que su tierno amor no nos abandona, queremos asistir cada día a la escuela de Jesús, donde volvemos a escuchar de sus labios: "Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19). A Ella suplico su maternal protección, a la vez que imparto a los participantes en ese Congreso la implorada Bendición Apostólica, que complacido extiendo a todos los hijos e hijas de América.
Vaticano, 12 de agosto 2008

BENEDICTUS PP XVI

[© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

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